¿Dónde estaban nuestras Universidades?

Francisco Manuel Sánchez Jáuregui | Fundación Miguel Palomar y Vizcarra

Hace algunas semanas que en Jalisco se seleccionó a un grupo de notables para que fungieran como Comité de Selección de los futuros responsables del Sistema Estatal Anticorrupción. La legislación exigía la cobertura de una especie de cuotas sectoriales para la academia y la sociedad civil, de ahí que fue notoria la participación de Rectores de las Universidades de mayor prestigio y, con ellos, algunos académicos que se incorporaron a la lista de posibilidades de las que el Congreso de Jalisco debía seleccionar a cinco.

Esta presencia de las universidades públicas y privadas en temas de la agenda pública resulta fundamental ahora que las instancias de gobierno no pueden con las pesadas losas de desconfianza y descrédito de la ciudadanía a su labor. Por ejemplo, la negativa de los diputados a seleccionar a dos rectores de reconocidas universidades privadas (UNIVA e ITESO) bajo el cuestionable argumento de “estar impedidos por ser ministros de culto” causó un importante debate en la opinión pública que dejó ver que, para algunos, el principio de Laicidad del Estado no era vulnerado porque, además de ministros religiosos, eran hombres de la academia, dando muestras del valor que se le da socialmente a esta función.

Este episodio de nuestra vida institucional y otros como el de la presencia universitaria en las iniciativas Agenda por Jalisco y Diálogos por la Familia, nos recuerda lo importante que es el que las universidades redescubran su misión de ser “caja de resonancia de los dinamismos culturales” de las sociedades en donde desarrollan su tarea educadora y cultural, como lo señaló San Juan Pablo II. Si nuestras universidades pasan de largo ante las expresiones culturales de su tiempo, si renuncian a su interés por examinar la capacidad de humanización y dignificación de estas expresiones culturales, la sociedad pierde filtros que, al ser críticos y de riguroso esfuerzo racional, evalúan las cualidades de estas nuevas formas de configuración del hombre.

Es en la universidad donde el diálogo –imprescindible camino hacia la solidaridad social- encuentra un ambiente propicio y seguro porque en la universidad reside una capacidad que no siempre se encuentra en otros espacios, la de alojar y articular múltiples  disciplinas y conocimientos para ofrecer una visión integral sobre el hombre, la sociedad y la cultura. Si las comunidades universitarias abren sinceramente espacio al diálogo y a la presencia de diversas cosmovisiones, de este esfuerzo no podrá sino resultar un conocimiento profundo y novedoso que contribuya a resolver los conflictos que hoy nos aquejan como sociedad. Así, con el diálogo y la disposición al encuentro con el otro, las universidades producirán una ruta de certezas, tan necesarias hoy para recomponer el tejido social.

Por ello, es indispensable que todos los universitarios, sean estudiantes, académicos, funcionarios, todos en comunidad, se vuelquen a redescubrir su valioso aporte como generadores de cultura. Poner luz sobre esta función social de la universidad es fundamental porque con ello se recobra un recurso que hemos perdido ante el “autismo” de muchas universidades que se ven dominadas por el mercantilismo, el funcionalismo y el relativismo que debilita su capacidad de ser “faros de cultura” que clarifique una visión integral del hombre en una sociedad que requiere de nuevas expresiones culturales que dignifiquen al hombre y motiven su auténtico desarrollo, integral y humano.

Si el renovado interés de las universidades por los problemas de nuestro tiempo tiene este propósito es seguro que estaremos recuperando el mejor espacio para el diálogo, la concertación y la configuración de una nueva vida social.

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