México: la corrupción nuestra de cada día

Lic. Arnold Omar Jiménez | Director de la Fundación Miguel Palomar y Vizcarra

Si asumimos que somos corruptos por naturaleza, asumimos una posición fatalista y estamos condenándonos a nosotros mismos a vivir así. Pretender luchar contra ella sería prácticamente algo inútil y cualquier esfuerzo por erradicarla sería en vano.

La corrupción en México es un cáncer que avanza sin detenerse, enfermando de muerte todas las estructuras sociales y políticas del país. Un día sí y el otro también escuchamos en los noticiarios de casos de corrupción en los que están involucrados funcionarios públicos y ciudadanos. Se corrompen políticos de todos los colores, empresarios importantes o sin tanta importancia, periodistas, policías, funcionarios importantes o servidores públicos de “medio pelo”, ciudadanos que para evadir compromisos acudimos al soborno, al billete para el refresco.  Hay quien incluso afirma que la corrupción está en el ADN del mexicano, de tal forma que no sabemos si somos corruptos porque somos mexicanos, o somos mexicanos porque somos corruptos. La corrupción es una especie de norma social.  Más allá de las especulaciones hoy es de vital importancia profundizar en el complejo tema de la corrupción, para ello, ofrecemos en esta ocasión un panorama general de los datos que, sobre el tema, arrojan las instituciones; señalaremos posibles causas y denunciaremos las terribles consecuencias; finalmente propondremos algunas pautas que nos permitan transitar por nuevos derroteros.

Los números de la corrupción en nuestro País

México cayó 28 posiciones con respecto al año pasado en el Índice de Percepción de la Corrupción 2016 que realiza anualmente Transparencia Internacional.  Nuestro país pasó del lugar 95 en 2015 al 123 en 2016 y la calificación que obtuvo fue de 30 sobre 100 puntos en una escala donde 0 es una percepción de altos niveles de corrupción y 100 son bajos niveles de percepción de corrupción. Este año el reporte evalúa 176 países (ocho más que la edición anterior) y mide aspectos como el gobierno abierto, rendición de cuentas, libertad de expresión, transparencia, niveles de integridad en el servicio público y acceso igualitario a la justicia.  En América Latina, su lugar es el sexto entre los países con la mayor percepción de la corrupción. Desafortunadamente, entre los miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), somos el país con la peor reputación en corrupción.  En pocas palabras, en el concierto internacional y continental nuestro País figura como uno de los más corruptos.

La corrupción a lo largo y ancho del País reporta cifras muy preocupantes. Según la última Encuesta Nacional de Calidad de Impacto Gubernamental del INEGI (Instituto Nacional de Geografía e Informática) En 2015 en México hubo 12 mil 590 víctimas de corrupción por cada 100 mil habitantes. Morelos fue la entidad con más víctimas, con 20 mil 92, detalla la encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). El estado, gobernado por el perredista Graco Ramírez, fue seguido los de Sinaloa, con 18 mil 144, y Chihuahua, con 17 mil 621.  Le siguen Michoacán, Ciudad de México, Hidalgo, Jalisco, Durango, Baja California y Sonora. En cuanto a la incidencia de los actos de corrupción en el país se registraron 30 mil 97 actos de corrupción por cada 100 mil habitantes. El Estado de México fue la entidad con una mayor incidencia, con 62 mil 160 actos de corrupción por cada 100 mil habitantes. El estado de México fue seguido de Sinaloa, con 58 mil 232 actos corruptos, y de Chihuahua, con 36 mil 472 casos.

 

La corrupción en el mundo empresarial

Las empresas tampoco se salvan respecto de los delitos relacionados con la corrupción. Según la Encuesta de Fraude y Corrupción de KPMG, el fraude interno en el sector privado tiene una incidencia de 75% (casi ocho de cada 10 empresas que operan en México han padecido cuando menos un fraude en los últimos 12 meses), y el externo (el que realiza una persona ajena a la organización, como puede ser un proveedor o un cliente), de 17 por ciento. Además, 44% de las empresas en México realizan pagos extraoficiales a funcionarios públicos, de acuerdo con la encuesta, las principales razones por las cuales los empresarios dicen haber tenido que hacer un pago de este tipo es: para agilizar trámites, obtener licencias y permisos, impedir abusos de autoridad, ganar contratos y participar en licitaciones.

Incurrir en actos de corrupción no sólo afecta en la operatividad de las empresas sino en su competitividad. Según la encuesta de KPMG, 35% de la población cree que la corrupción afecta mucho la competitividad de las empresas, mientras que otro 15% cree que afecta medianamente; 17% cree que la corrupción afecta poco a la competitividad en el sector privado; 20% cree que no afecta y 13% no sabe si la corrupción afecta a las empresas.

 

La corrupción “de a pie”

Los datos que arroja el Barómetro Global de la Corrupción señalan que el 56%de los mexicanos considera que el presidente Enrique Peña Nieto no ha realizado acciones para evitar los actos de corrupción. Para más de 90% de los mexicanos la corrupción constituye un problema y para casi 80% es un problema serio. De igual forma, nueve de cada 10 mexicanos piensan que la corrupción es un problema de todos los días. La entidad federativa en nuestro país con una mayor percepción de corrupción es la Ciudad de México, donde 95.1% de sus habitantes considera que las prácticas de corrupción son muy frecuentes o frecuentes, casi 10 puntos porcentuales por encima de la media nacional, que es de 88.8 por ciento. El estado que menor nivel de percepción presenta es Querétaro, con 73.3 por ciento.

Hay un “fenómeno curioso” que sucede en la sociedad mexicana en este tema: cuando el ciudadano analiza a sus círculos cercanos como familiares, vecinos o compañeros de trabajo, los mexicanos no los consideran corruptos. Es decir, para la opinión pública mexicana la culpa de la corrupción en México la tienen los políticos y los empresarios, mientras que los ciudadanos son sólo víctimas de ella. El 76% piensa que sus familiares no le entran a la corrupción y el 70% que sus vecinos también son inmunes a esa conducta. Lo paradójico del tema es que más del 70% de los casos de corrupción en nuestro País se dan en las instancias de gobierno en donde se atiende de manera directa a los ciudadanos y, en el 35.7% de estos casos, es el ciudadano el que soborna al funcionario público

La corrupción en el sexenio: la denuncia de la Arquidiócesis de México

Cuando se habla de la corrupción es imposible no traer a colación el sexenio del Presidente Enrique Peña Nieto. Los escándalos de corrupción en funcionarios de primer nivel, del círculo cercano al jefe de Ejecutivo han sido noticia prácticamente todo el sexenio. No se diga ya los lamentables casos de los ex gobernadores de uno y otro estado: El de Duarte en Veracruz, el de los hermanos Rubén y Humberto Moreira en Coahuila, etc.  Podríamos empezar por señalar los casos más paradigmáticos: El asunto de las casas blancas en las que estivo involucrada la esposa del Presidente. El asunto de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y los dos últimos casos: Odebretch y los nombres que ha arrojado la investigación de los paraísos fiscales, “paradise papers”.

Ha llegado a tal grado la corrupción que el Semanario Desde la Fe, de la Arquidiócesis de México, ha realizado una valiente denuncia que: “…la corrupción en este sexenio ha llegado a niveles inimaginables”, al grado de que ya se ha convertido en una “lucrativa empresa” que está beneficiando “a unos pocos”. “La corrupción ha llegado a niveles inimaginables que han hecho de la presente administración una lucrativa empresa, con filiales y subsidiarias, que enriquecen ilícitamente a unos pocos”. El semanario señala que el antiguo lema de “roban, pero salpican”, con Peña Nieto “vuelve a hacerse vigente”, aunque ahora se ha “refinado” en sus “métodos”. Y como ejemplo de la actual corrupción gubernamental, la arquidiócesis cita el caso de las “once dependencias del gobierno federal que otorgaron contratos ilegales por casi ocho mil millones de pesos, en complicidad con ocho universidades públicas”. Señala que –de acuerdo con investigaciones periodísticas y análisis de la Auditoría Superior de la Federación–, de estos recursos se desviaron tres mil 433 millones de pesos “a empresas fantasma, sin cumplir los trabajos que motivaron los contratos, además de mil millones como comisión a las universidades para triangular recursos y contratar servicios a precios inflados”.

En su editorial, titulado “Roban, pero salpican”, Desde la Fe menciona a las siguientes dependencias federales que otorgaron estos contratos ilegales: Petróleos Mexicanos, Banobras, Fovissste, el Registro Nacional Agrario, así como las secretarías de Educación Pública, Desarrollo Social, Economía y Agricultura. Y entre las instituciones educativas involucradas en este hecho de corrupción, enlista a la UNAM, a la Universidad Autónoma de Morelos, a la del Estado de México y a la Universidad del Carmen. Para el semanario de la arquidiócesis, éste es “el más grande de los fraudes en esta administración”, la cual, paradójicamente, “dice tener como eje de gobierno el combate a la corrupción”.

Desde la Fe destaca la corrupción en la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), particularmente durante la gestión de Rosario Robles Berlanga (de 2012 a 2015), ya que –asegura– “esta funcionaria lucró con la pobreza, dejando a miles sin las posibilidades de vivir y jugando con su futuro”. Sobre todo, con Rosario Robles al frente, en la Sedesol hubo “fallas en el diseño de programas, mala focalización de los mismos, errores en su implementación, falta de coordinación entre distintas instancias, deficiencias operativas y el otorgamiento de contratos sin cumplimiento”.

¿Por qué somos tan corruptos en México?

Es difícil ofrecer una sola respuesta a la pregunta planteada. Y es que el fenómeno de la corrupción es tan complejo que no cabe una sola explicación, una sola respuesta. Sin embargo, es de fundamental importancia buscar respuestas y detenernos en las más acertadas. En pocas palabras, tenemos que hacer el diagnóstico de la “enfermedad” porque, si no se detecta debidamente una situación determinada simplemente se le entenderá mal y no se le podrá afrontar con las herramientas y estrategias adecuadas. Dicho de otra manera, ningún mal se puede contener si previamente no se le comprende, es decir, si nada más se le padece.

Una de las expresiones más comunes que encontramos en el tema es que el mexicano es corrupto por naturaleza. Vaya, que ser corrupto es algo congénito, nos corre por las venas. Nada más desafortunado que esta explicación. A decir verdad, es un simplismo peligroso. La corrupción no tiene nada que ver con cuestiones genéticas. Si asumimos que somos corruptos por naturaleza, asumimos una posición fatalista y estamos condenándonos a nosotros mismos a vivir así. Pretender luchas contra ella sería prácticamente algo inútil y cualquier esfuerzo por erradicarla sería en vano.

Hay un argumento histórico que podría ayudarnos a entender el fenómeno de la corrupción: Si partimos del año 1521, fecha en la que Hernán Cortés le dio al territorio en el que vivimos una nueva conformación geopolítica, en el año 2021 México va a cumplir 5 siglos de existir como entidad política.  De estos 5 siglos 3 hemos vivido bajo un régimen monárquico y apenas dos en una supuesta democracia.  Después de 300 años de monarquía, los ideólogos de la Independencia decidieron dejar el sistema monárquico e instaurar un sistema político democrático. Sin embargo, esta decisión tuvo algunas salvedades: no consultaron al pueblo si querían o no una democracia, en otras palabras, la democracia llegó a México por una vía no democrática. La otra salvedad es que no les explicaron a los mexicanos qué era la democracia y cuáles serían las nuevas reglas del juego.

Este fenómeno de tener una Nación con instituciones democráticas pero una cultura monárquica ha dado como resultado una sociedad que se corrompe con cierta “facilidad”. Los ejemplos más paradigmáticos los tenemos en el sindicalismo mexicano: verdaderos monarcas – por no llamarles dictadores- que se perpetúan en el poder, que manejan las finanzas a su antojo y benefician a quienes les permiten a ellos seguir siendo lo que son.  En este sentido la ley no es una norma para cumplirse, sino para burlarse y perpetuarse en el poder. Así pues podríamos concluir que la corrupción en México en un cierto desprecio a la ley en cuanto limita a la “mentalidad monárquica”. Luego surge otro problema bastante complicado: el desprecio de los marcos legales, el carácter artificial y semi absurdo de la impartición de justicia, los niveles de pobreza material, la falta de trabajo y oportunidades, las grandes diferencias sociales, influyen para que los ciudadanos traten de “arreglar las cosas a su modo”, ya sea pagando, congraciándose, es decir al margen de la ley.

Habrá, ciertamente, muchas más explicaciones de la causa de la corrupción en México. La que ofrecemos, nos parece un elemento fundamental desde la perspectiva histórica.

Las graves consecuencias de la corrupción

Las personas que corrompen o se corrompen piensan que su proceder no les genera ningún daño, por el contrario, muchos de ellos presumen beneficios- casi siempre económicos- que les trae el irse por la “vía más corta”. Es importante hacer consciente a los ciudadanos de que la corrupción siempre les va a afectar, tarde que temprano de alguna u otra manera.  A estas alturas de la situación de México, la corrupción nos viene a salir tan cara o más cara que los beneficios que supuestamente nos acarrea. Los números son reveladores al respecto: En México la corrupción es uno de los mayores costos que tiene que asumir la población mexicana ya que de acuerdo con estimaciones de especialistas, solo en 2015 se calcula que alcanzó los 906 mil millones de pesos, esto es, una media del cinco por ciento del PIB de ese año. La corrupción se está convirtiendo en una carga para la economía nacional ya que es una práctica que parece ‘inofensiva’, pero que en realidad representa uno de los mayores costos para las finanzas del país. De acuerdo con estimaciones del Banco Mundial, la OEA y el CEESP, el costo de la corrupción fluctúa entre el nueve y el 10 por ciento del PIB, esto es, de cada 100 pesos de riqueza que genera la economía, 10 se destinan a la corrupción. Para dimensionarlo, si mantenemos constante esa participación de la corrupción desde el año en los pasados 17 años, el costo de la corrupción paso de los 672 mil millones de pesos en el año 2000 a 2.1 billones en 2016.

La afectación no sólo es términos económicos. El País sufre un grave deterioro y desgaste moral. Los ciudadanos desconfían de las autoridades, de las leyes, de las instituciones y de los ciudadanos mismos. Al final del día, esto influye en el mal más grave que vive hoy en día nuestro País: el deterioro del tejido social. Si la corrupción es un grave daño desde el punto de vista material y un enorme costo para el crecimiento económico, sus efectos son todavía más negativos sobre los bienes inmateriales, vinculados más estrechamente con la dimensión cualitativa y humana de la vida social. La corrupción política, como enseña el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, “compromete el correcto funcionamiento del Estado, influyendo negativamente en la relación entre gobernantes y gobernados; introduce una creciente desconfianza respecto a las instituciones públicas, causando un progresivo menosprecio de los ciudadanos por la política y sus representantes, con el consiguiente debilitamiento de las instituciones” (CDSI No 411)

 Promover la ecología humana: la apuesta del pensamiento social cristiano

Los comportamientos corruptos pueden ser comprendidos adecuadamente sólo si son vistos como el fruto de laceraciones en la ecología humana.

Es de fundamental importancia buscar y encontrar los caminos que puedan ayudarnos como País a superar este terrible cáncer que desde hace años lacera lo más profundo de nuestras instituciones. En este sentido, la doctrina social de la Iglesia ofrece algunos criterios muy importantes. Uno de ellos es la apuesta por una ecología humana. En el número 7 del texto titulado: Lucha contra la corrupción, del entonces Pontificio Consejo Justicia y Paz, se señala que para evitar los peligros que comporta la corrupción, la Iglesia propone el concepto de “ecología humana” (Centesimus annus, 38), apto también para orientar la lucha contra la corrupción. Los comportamientos corruptos pueden ser comprendidos adecuadamente sólo si son vistos como el fruto de laceraciones en la ecología humana. Si la familia no es capaz de cumplir con su tarea educativa, si leyes contrarias al auténtico bien del hombre —como aquellas contra la vida— deseducan a los ciudadanos sobre el bien, si la justicia procede con lentitud excesiva, si la moralidad de base se debilita por la trasgresión tolerada, si se degradan las condiciones de vida, si la escuela no acoge y emancipa, no es posible garantizar la “ecología humana”, cuya ausencia abona el terreno para que el fenómeno de la corrupción eche sus raíces. En efecto, no se debe olvidar que la corrupción implica un conjunto de relaciones de complicidad, oscurecimiento de las conciencias, extorsiones y amenazas, pactos no escritos y connivencias que llaman en causa, antes que, a las estructuras, a las personas y su conciencia moral. Se colocan aquí, con su enorme importancia, la educación, la formación moral de los ciudadanos y la tarea de la Iglesia que, presente con sus comunidades, instituciones, movimientos, asociaciones y cada uno de sus fieles en todos los ángulos de la sociedad de hoy, puede desarrollar una función cada vez más relevante en la prevención de la corrupción. La Iglesia puede cultivar y promover los recursos morales que ayudan a construir una “ecología humana” en la que la corrupción no encuentre un hábitat favorable.

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2 Comentarios

  1. El análisis/reflexión sobre la corrupcion es muy bueno. Me parecería muy sano tambien reflexionar sobre cómo la corrupción en México ha contaminado también algunas estructuras de la Iglesia Catolica, desde las más altas, hasta las mas bajas.

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